martes, mayo 12, 2009

Viajando desde un Sanborns.

Aquí me encuentro hoy, en medio del Sanborns escribiendo e imaginando como es la vida en su exterior debido a que en el interior está un tanto relajado y a su vez alterado. He terminado el semestre, ahora sólo falta pasar por los finales que me tienen algo desconcentrado y quizá se deba por salir de la clase de microeconomía pensando en la forma de desarrollar 20 cuartillas sobre pobreza urbana basada en la literatura de Mueller para la clase de Elección Pública.

La verdad, es que me gustaría imaginar el estar caminando por el Paseo Montejo en Mérida, con ese clima cálido que impregna al ambiente sensaciones tropicales en los que la mente rápidamente se puede trasladar a una vida de literatura Vargas-Losana de aquella ciudad antes llamada Trujillo en ‘honor’ al presidente de entonces. Es para pensar que quizá las ciudades caribeñas de Habana y Santo Domingo puedan ser así en una noche común, con sus autos viejos transitando como escaparates móviles de un museo de historia del cósmopolita Nuevo York o Nueva York (como gustes), otra ciudad porteña más al norte que seguro se transforma de manera cotidiana, en sus calles -no tan cálidas aún por la temporada estacional- los habitantes de la urbanidad caminan a prisa tratando de llegar a su cita con la familia después del trabajo o quizá llegar puntual con el socio al bar para acompañarle y negociar en torno de unos tragos, aunque también existe la posibilidad de aquellos apresurados por llegar a tiempo a alguna de las muchas obras teatrales montadas en cada uno de los teatros de la avenida ‘camino ancho’.

Pensar en los tragos le dio un giro a mi imaginación y repentinamente terminé en las mesas altas de esos sitios que en 'La Perla' tratan de inmolar aquellas tabernas del país de tréboles y duendes.

En el lugar a media luz se puede respirar un poco de la capital jalisciense que comienza a ceder al final de día, el calor del sol almacenado en el pavimento negro y gris aún mantiene tibio el alrededor. En la cantina europea el piso de madera remite creer que uno se encuentra a miles de kilómetros. Así es como te sientas para ordenar un par de 'pintas' con cerveza extranjera fresca y burbujeante. Lo conveniente es iniciar con una ligera –una güera- como en algunos lugares del norte mexicano suelen referirse a ella, quizá puede ser de origen inglés u holandés. El simple hecho de imaginar sus burbujas elevarse hasta el conjunto blanquecino de espuma obliga a la boca sentir la misma sequía que se vive en el desierto del Mapimí, sitio que resguarda la mística y fenomenológica 'zona del silencio'. Tomar ese gigantesco vaso permite sentir como la gloria está próxima a consumarse y es ahí, cuando comienzas a beber, que la sensación burbujeante permite sentir ese alivio y felicidad que evoca el fin o mínimo la pausa de la realidad. En este momento, afuera de las ventanas de local el mundo está parado, todo se congela y sólo se vive esa sensación que da vida. Al estar ahí, consumiendo, nuestro mecanismo motor no permite analizar toda la elaboración en la producción de lo que bebemos se divide en dos principales procesos: el primero que corresponde a la conversión del almidón de un cereal a los azúcares (maltosa) y después su fermentación de éstos para sólo resultar en el placer de disfrutar la textura robusta y el sabor amargo se nos obligar a terminar con todas y cada una de esas gotas, que al hacerse mayoría se representan en está institución, gigantesca institución de sabor y brillo.

¡Ah, cómo te extraño!

1 comentario:

katy dijo...

ay wey, tu si sabes como describir lo que nos hace sentir una cerveza! haha